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EL NIÑO QUE NUNCA SE RINDIÓ
Corrido tumbado — historia de una vida real
Desde San Luis Potosí
les voy a contar la historia,
de un hombre que entre sus penas
se fue forjando la gloria.
No tuvo una infancia bonita,
ni una niñez de memoria,
pero dejó en este mundo
una imborrable trayectoria.
Un veintiocho de septiembre
le pusieron de cumpleaños,
sin acta que lo respaldara,
sin saber de aquellos años.
Su madre, siendo una niña,
fue vendida entre extraños,
y él decía entre sus lágrimas:
«Me engendraron como un perro»,
recordando tanto daño.
A los ocho años de vida
ya conocía el sufrimiento,
los hermanos de su madre
le hicieron vivir un infierno.
Ella miraba en silencio,
nunca le dio un buen consuelo,
y aquel niño se fue huyendo
con el corazón deshecho.
Se trepó arriba de un tren
sin saber qué le esperaba,
entre gente sin papeles
y hombres que la ley buscaba.
Pero aquellos delincuentes,
que entre vagones viajaban,
protegieron a aquel niño
mientras las ruedas rodaban.
Hasta Nuevo Laredo llegó,
sin familia y sin dinero,
con los pies llenos de polvo
y el corazón prisionero.
Buscó refugio en la iglesia,
creyendo encontrar consuelo,
pero le dijeron: «¡Lárgate,
no queremos limosneros!».
Dormía bajo una banca,
frente a la casa de Dios,
y decía que ahí, solito,
sentía que Dios lo cuidó.
Se arrancó un pedazo de ropa
y los zapatos limpió,
por una moneda humilde
que con sus manos ganó.
Después compró unos chicles
con lo que pudo juntar,
limpió vidrios de los carros
para poderse alimentar.
Pero hasta los que rezaban
lo llegaron a golpear;
le quemaron sus cartones,
su dinero fueron a robar.
Sus chicles también le quitaron,
y llorando se quedó,
un niño de ocho años
que a nadie le importó.
Y aunque el mundo fue tan cruel
y mil heridas le dejó,
nunca aprendió a ser malvado,
nunca el odio lo cambió.
Y mírenlo dónde llegó,
aquel niño de la nada,
el que durmió bajo un cielo
sin tener una cobija.
El que aguantó tanta hambre,
tantas puertas bien cerradas,
terminó llenando platos
y dando techo en su casa.
Él no dio lo que recibió,
dio lo que a él le faltaba;
si la vida le dio espinas,
él repartió rosas blancas.
Porque el hombre más herido
fue quien más cuidó las almas,
y aunque nunca tuvo infancia,
hizo feliz a su familia amada.
Cruzó las aguas del río
con migrantes de camino,
caminó por muchos días
sin saber de su destino.
Hasta un rancho de San Antonio
lo llevó aquel largo sino,
y pidió trabajo al dueño
siendo apenas un niño.
El patrón soltó una risa:
«¿Y tú qué puedes hacer?».
«Sé pizcar chile y tomate,
si me deja, va a saber».
Lo dijo con tanto empeño,
con tantas ganas de comer,
que aquel hombre le dio techo
y una oportunidad de crecer.
Le compró una traila humilde
donde pudo descansar,
y la esposa de aquel hombre
lo comenzó a cobijar.
Le enseñó todos los secretos
que hay detrás de cocinar,
sin saber que aquel oficio
a su familia iba a alimentar.
Pasaron aquellos años,
fue creciendo aquel muchacho,
miraba gente ir y venir
y soñaba con dar pasos.
Quería conocer el mundo,
no vivir siempre encerrado,
y con las manos de un hombre
fue construyendo su legado.
La cocina fue su escuela,
su herramienta y su destino,
y entre ollas y sazones
encontró después cariño.
Conoció a la mujer
con quien compartiría el camino,
y formaron una familia
que se volvió su motivo.
Y mírenlo dónde llegó,
aquel niño de la nada,
el que durmió bajo un cielo
sin tener una cobija.
El que aguantó tanta hambre,
tantas puertas bien cerradas,
terminó llenando platos
y dando techo en su casa.
Él no dio lo que recibió,
dio lo que a él le faltaba;
si la vida le dio espinas,
él repartió rosas blancas.
Porque el hombre más herido
fue quien más cuidó las almas,
y aunque nunca tuvo infancia,
hizo feliz a su familia amada.
Anduvo mucho descalzo,
pero a mí nunca me faltó
un par de zapatos nuevos,
porque él se los procuró.
Él conoció bien el hambre,
pero a otros les dio de comer,
y si alguien no tenía casa,
le ofrecía dónde caer.
Recibía al caminante,
al que no tenía lugar,
porque sabía lo que duele
no tener dónde descansar.
No dejó que sus heridas
lo enseñaran a lastimar;
lo que el mundo le negó
él lo aprendió a regalar.
Veintiún infartos resistió,
veintiuna veces peleó,
cuando la muerte tocaba,
por su familia regresó.
Decía que tenía un deber,
que a su esposa debía cuidar,
y aun con el pecho cansado
no se quería marchar.
Pero hasta el hombre más fuerte
un día tiene que partir,
y hay dolores en esta vida
que no se pueden describir.
Él contaba aquella infancia
con lágrimas hasta el fin;
aunque los años pasaran,
esa herida seguía allí.
Un diez de marzo cerró
sus ojos para siempre,
pero hay hombres que no mueren
mientras alguien los recuerde.
Hoy su historia va en el viento,
en cada plato caliente,
en los zapatos que compraba
y en el amor que dejó presente.
Si preguntan quién fue él,
no digan que fue un bastardo;
fue un niño al que le negaron
lo que merece un ser humano.
Y aun cargando tantas penas,
vivió tendiendo la mano;
el mundo lo trató como piedra,
pero él tuvo un corazón humano.
Desde San Luis Potosí
hasta San Antonio, Texas,
quedó escrita una historia
que ni la muerte se lleva.
Veintiocho de septiembre,
la fecha que le inventaron;
diez de marzo, su despedida,
pero nunca lo olvidamos.
Y si Dios le abrió las puertas,
que lo reciba en su morada…
porque el niño que pasó hambre
se fue dejando llena la casa.
Él no dio lo que recibió…
dio todo lo que le faltaba.